Puede entenderse de varias maneras el significado de la palabra Rito o Ritual. Como un conjunto de prácticas establecidas que regulan el culto y las ceremonias religiosas o simplemente como una ceremonia que se repite invariablemente de la misma manera. Y no es que cualquiera de las obras y prácticas artísticas que puedan verse en un museo, una sala de exposiciones o al aire libre no posean de alguna manera este componente ritual en cuanto acto humano repetido a lo largo del tiempo, pero con unas intenciones y resultados seguramente acordes a cada momento histórico.         

Quizá no sea necesario remontarnos a las pinturas rupestres y sus finalidades no tan solo puramente estéticas sino, e incluso más importante, la relación de sus prácticas rituales y de magia con la clara pretensión de favorecer la caza, las relaciones grupales o sanación de enfermos, etc. O el uso de pequeños objetos-esculturas en las antiguas civilizaciones para todo tipo de actos y “sanamientos”. El artista era (y posiblemente siga siendo) el brujo, el visionario, el elegido para promover, fomentar y presidir con sus obras dichas ceremonias. La propia actividad artística puede considerarse en sí, un ritual desde el momento en que se repiten gestos y propician situaciones favorables a la creación.

Esta exposición conjunta, dual y complementaria de los artistas Nathalie Rey y J.L. Tercero se constituye en el inicio de una serie de exposiciones-confrontaciones-colaboraciones de artistas que pretende promover la sala de arte LafuturA del barrio del Poble Sec de Barcelona. Una forma de confrontar obras que de alguna manera comparten características tanto ideológicas como estéticas con la intención de ofrecer una visión no tanto doble como complementaria en relación a una temática o ideario estilístico.

Pinturas sobre tela y papel de diferentes técnicas y tamaños con predominio del gran formato, dibujos y esculturas en materiales tan diversos como la madera, el metal, el cemento o la parafina. Alrededor de algunos elementos temáticos propios de rituales mágicos, apilamientos de animales, piedras, juguetes, ropa vieja, carne,… muestran una mirada a veces trágica y alegórica no exenta de humor e ironía.

Una selección de obras que en cualquier caso, no nos dejará indiferentes.

Las obras expuestas por Nathalie Rey en “El fin de la infancia” evocan restos de una inocencia perdida que se superpone a la crueldad de un mundo violento. Nunca mejor arma para denunciar la injusticia, la violencia, y la continua destrucción a la que el hombre somete a su lugar de vida, que exponiéndolas a la ingenuidad de la niñez.

 

Las imágenes de los desordenados juguetes que aparecen diseminados en la exposición nos recuerdan el caos con que los adultos abandonan y arrojan sobre el mundo su terrible violencia, su escandalosa miseria, los peligrosos juguetes de nuestra civilización.

 

El 24 de agosto del año 79 d.C. Pompeya fue enterrada por completo por una terrible erupción del volcán Vesubio.

La ciudad permaneció en el olvido hasta 1748, cuando fue redescubierta. A lo largo del tiempo se desenterraron una gran cantidad de edificios, pero también los cuerpos de los habitantes enterrados por la ceniza del volcán, algunos convertidos en estatuas del horror, agazapándose o intentando protegerse, otros simplemente yacientes, como si la hecatombe los hubiera encontrado durmiendo.

 

En  enero de 1992 un buque de carga que había zarpado de Hong Kong rumbo a América se averió en medio del Océano Pacífico. Por culpa de los brutales balanceos del barco un contenedor se abrió vertiendo su cargamento 29.000 juguetes de plástico para la bañera. Empujada por el viento y las corrientes oceánicas, una flota de patos amarillos comenzó un largo periplo que aún no ha terminado y que ha servido a los científicos para estudiar las corrientes oceánicas de una forma que nunca había sido posible con anterioridad.

 

Hacia finales de abril de 2004, tras la invasión a Irak, un canal estadounidense de noticias expuso las torturas, abusos y humillaciones a reclusos iraquíes por parte de un grupo de soldados estadounidenses. La historia incluía fotografías, y resultó un escándalo político importante en los Estados Unidos y otros países de la coalición. Una de estas imágenes mostraba los cuerpos apilados de los prisioneros desnudos, y recordaba a su vez a los cadáveres apilados de los prisioneros de los campos de concentración nazis.

 

Con estos y otros retales de historia y de su vida, la artista genera su visión personal de nuestra realidad.

Sus obras hablan de superposiciones. Superposiciones de inocencia y de crueldad, de juguetes y de cuerpos, de ironías y tristezas, de aspereza y sensualidad.

Restos de ternura abandonados en un mundo extraño y desolado, perdidos en un paisaje indiferente. Sus personajes a la deriva nos inspiran sentimientos de protección y cobijo, las escenas de desamparo y soledad nos recuerdan la fragilidad de nuestra propia vida, provocándonos al mismo tiempo una emotiva nostalgia.

 

Desde los restos de los cuerpos yacentes sepultados por la ceniza en Pompeya, hasta los patitos de goma que cayeron al Océano (muchos de los cuales todavía siguen en el mar), hasta los cuerpos en Abu Graib, mezclados con sus propios pingüinos de juguete, sus mascotas, o las mujeres-paisaje recostadas y aletargadas como los cuerpos de Pompeya, la belleza de sus obras nos produce sentimientos encontrados: una sonrisa tierna, un guiño cómplice, un onirismo melancólico, pero también nos lleva a un estado reflexivo acerca de la forma en que nos situamos en el mundo.

 

Al recorrer la exposición nos llama la atención cómo los mensajes que emanan las obras vuelven a aparecer una y otra vez, de una obra a otra, así, al finalizar tenemos la impresión de que debemos regresar nuevamente a su inicio, para captar algo que se insinuaba en nuestra percepción, pero que se reafirmaba a medida que avanzábamos. No hay forma de ser indiferente. El mensaje está ahí, sólo nos queda posicionarnos ante el mismo.

 

Marcelo Laugelli